Tic tac.
El reloj suena y retumba el vacío de la habitación. Él escucha. Él no siente.
El tiempo pasa y, sin embargo, no transcurre. Tan sólo es un tic tac.
Tic tac.
Y su cabeza parece buscar, bucear entre los más oscuros rincones del siniestro aparato, del aparato sin embargo, circular. Y aún así finito.
Como esos dos segundos que luchan por reinar detrás de los engranajes.
La aguja no avanza.
Tic tac. Y no avanza.
Mira a su alrededor y no, no es el mismo cuarto; tiene gusto a nuevo, a ajeno, a pasado, a tic tac.
Tic tac.
Y es el mismo segundo, y sin embargo no: las telarañas cuelgan de las paredes, de los rincones, de los malditos rincones; la puerta se abre y se cierra con un estruendo, constantemente.
Quién está ahí?! Y nadie contesta, mientras que sus sombras, eternas, sordas, pasan.
Y el hedor a noches de burdel francés, de opio y delirio, de sangre derramada a través del frío metal inundan el cuarto vacío.
Qué es esto?
Tic tac.
El tiempo no corre y sin embargo tic tac.
El cuarto no cambia y sin embargo tic tac.
Dentro de ese mórbido aparato no hay esquinas, no hay salidas, no hay final: tan sólo una puerta que se bambolea, que se abre y cierra tic tac.
Que vive y muere tic tac.
Que canta silencios tic tac.
Que teje telarañas tic tac.
Que no cesa, que no comienza , que no descansa tic tac.
Que no muere. Nunca muere.
Tan sólo dos segundos que batallan por huir.
La aguja no avanza y sin embargo todo se mueve.
Y la puerta del eterno retorno que oscila, y se golpea, y sangra, y grita otras voces, que no son las suyas. La suya no cesa tic tac.
Nunca cesa tic tac.
El reloj suena y el tiempo no corre. Por qué no deja todo de girar, por qué?
Y todo parece nuevo, y sin embargo, sabe a rollos del Mar Muerto, a un agonizante soñador nadando en una nube de delirios y lujurias, al cuervo sangrando su voz por un mendrugo de pan.
El tiempo no corre y sin embargo tic tac.
Siempre tic tac.
Hasta que el tiempo acabe tic tac.
Pero el círculo, el maldito círculo no tiene rincones tic tac.
Tic tac.
Tic tac.
Tic. |